martes, 20 de marzo de 2007

Malditos colmillos....


>>Cuando entré en la sala, me dirigí al fondo, donde estaba la vieja. No me fijé en ninguno de los otros difuntos, pues iba con la cabeza gacha, aún soltando juramentos. Comenzaba a notar cómo un enorme chichón comenzaba a establecerse en la frente.
>>Desplegué la manta sobre el regazo de la anciana, sujetándola bajo las piernas con unos alfileres que se hundieron en la carne. Entonces, la luz se fue.
>>”¡No me jodas ahora!”, pensé, nervioso. El miedo me empapó de sudor frío. ¡Odiaba ese lugar!. “Tranquilízate; ya verás cómo la luz volverá pronto. Seguro que han saltado los generadores y...”. Un sonido me interrumpió de repente. Algo estaba cayendo a tierra, repetidas veces. “¡Una mierda! ¡Me largo de aquí!”.
>>Y la luz se hizo, como diría Dios, con un par de siseantes parpadeos que inundaron la sala con una extraña y mortecina luz verdosa. La calma me acarició todo el cuerpo para después darme un puñetazo en la boca del estómago. ¡Me acojoné al ver el nuevo aspecto del lugar!
>>Las losas blancas y negras desaparecieron bajo mis pies, deshaciéndose en una tierra oscura y tupida que cubría todo el suelo, y emanaba un húmedo olor como a... ¡cementerio! Azulejos blancos se habían desprendido (de ahí el sonido que yo había captado en la oscuridad) y reposaban sobre la tierra, la gran mayoría intactos. Ahora la pared era un feo muro gris con fragmentos de cemento seco y algún que otro azulejo desperdigado, sucio y desquebrajado, por donde correteaban hormigas y cucarachas marrones.
>>Pegué un brinco cuando el claxon sonó a mi espalda. Me giré, asustado, y vi cómo el flamante Mercedes C320 verde se había transformado en un largo coche fúnebre de chapa oxidada sin pintura. El hombre estaba con el brazo derecho apoyado en la puerta y la mano izquierda en el volante, con el cuerpo medio girado y la cabeza asomando por la ventanilla.
>>-¿Te hace una vuelta? –preguntó, sonriendo, y descubrí cómo le asomaba un trozo de alambre por la boca.
>>Algo me cogió por la muñeca. Mi reacción fue volver la cabeza hacia esa mano fría, de dedos rígidos y sudorosos, tan bruscamente que creí que se me había partido el cuello al notar un fuerte crujido en una vértebra.
>>-Gracias por taparme, querido –dijo la anciana, con una voz inhumana que retumbaba en su garganta cavernosa.
>>Casi se me hizo papilla el esfínter cuando la vi moverse. Las cuencas de los ojos eran sólo carne roja, y conservaba en el borde de los párpados la goma adhesiva que los mantenía antes unidos. La peluca blanca, que parecía un estropajo, se había corrido un poco, dejando al aire la cabeza calva y arrugada, sembrada de costras amoratadas que parecían escamas.
>>Giré la cara, intentando evitar aquel rostro cargado de maquillaje. ¡No podía mirar a aquel monstruo! Cerré los ojos, y cuando los abrí, vi al niño fuera del triciclo, apoyado en la pared. Tenía un pie reposando en la pared y la gorrita de marinero ladeada hacia la izquierda, con las dos cintas azules pasando ante un ojo glacial y verde que me escrutaba fijamente. Tenía la piruleta que yo le había dado metida en la boca, y escuché cómo sus dientes la roían con rabia. Alzó el labio superior en una mueca agresiva, mientras levantaba la mano derecha hacerme un gesto con el dedo corazón. ¡El muy cabrón me estaba mandando a tomar por el culo!
>>Noté el sonido de una respiración entrecortada tras de mí, y volví a girarme bruscamente. Tenía la nariz de la vieja casi pegada a la cara. Me dio una punzante sensación de repugnancia el tener que contemplarla desde tan cerca. A esa distancia pude ver las enormes verrugas que le cubrían la cara, y en especial en aquella barbilla puntiaguda de bruja, y percibí el fétido aliento terroso que expulsaba su boca mellada y sonriente.
>>-¿Cómo podría agradecértelo? –me preguntó-. Tal vez no te importe que te dé un beso.
>>Por un momento, mientras miraba al niño, me había olvidado de aquellos dedos huesudos, que parecían hechos de cera, que me apresaban la muñeca. ¡Debía liberarme de ellos! Di un tirón fuerte, y los dedos cedieron (en aquel momento me importó una mierda si éstos eran de cera o no, o si se podían romper como tal), haciendo que yo cayera de culo mientras aquel ser de ultratumba me observaba sin ojos. Logré incorporarme para intentar correr hacia la puerta, aunque la tierra del suelo hacía mis pasos torpes.
>>Cuando conseguí llegar a la puerta, agarré el pomo y lo así con fuerza. Mi mano sudorosa resbaló, temblorosa, al no poder girar el pomo. ¡Estaba cerrado! Me obligué a dar la espalda a la puerta para ver dónde se encontraban.
>>La mujer del coche estaba sentada sobre el capó, con la falda color crema remangada y con un enorme pecho níveo fuera. Me cataba fijamente con aquellos ojos de cristal, introduciéndose una mano bajo sus bragas de un tono canela y con la otra se tocó la teta.
>>El skinhead se acercaba, arrastrado por aquel perrazo blanco que vigilaba cualquiera de mis movimientos (aunque yo no me encontraba muy bien como para moverme), exhibiendo los monumentales dientes y soltando unos retadores gruñidos. El cabrón del muchacho me señalaba, mandando a la bestia que se preparara para atacar, al mismo tiempo que yo oía de fondo los muelles de la cama de la pareja de ancianos. “Si he de morir, que me mate el perro, Dios”, pensé.
>>La vieja se acercaba velozmente, con el cuerpo encorvado. Los alfileres se le desprendían de la carne, abandonando la manta, mientras el niño rodeaba sin parar a ésta con el triciclo, avanzando y dejando la huella de las ruedas en la tierra húmeda, con la gorra medio caída, y con una sonrisa malvada.
>>El hombre del coche me arrojó ráfagas de luz con las largas, soltando unas carcajadas que me permitieron ver del todo el alambre que le mantenía rígida boca. Su compañera tenía entre los dedos el pezón morado que se había arrancado del pecho, de donde salía un chorro de sangre medio coagulada, y de la boca salía un hilo de baba amarillenta mezclada con gemidos de placer, mientras las nalgas desnudas abollaban el capó del coche con sus movimientos.
>>Ya tenía a la vieja muerta casi encima. La peste a tierra húmeda mezclada con vómito rancio que despedía su aliento me hundió el tabique de la nariz. Me horroricé al observarle las pequeñas yagas amarillas en la carne roja de las cuencas oculares, y la repugnancia me abofeteó cuando vislumbré los pelillos afilados que nacían en su barbilla, de entre las verrugas.
>>Estiró los brazos hacia mí, que estaba sentado con la espalda apoyada en la puerta, con una velocidad vertiginosa y me rodeó el cuello con los dedos fríos y delgados. Sentí las huesudas yemas clavándose sobre mi yugular, y grité de miedo...
repito... "Viajar no es solo moverse de un lugar a otro"

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